El sueño terminó... se acabaron los preparativos, los nervios, la incertidumbre... ahora me quedan los recuerdos y la ilusión de poder regresar algún día no muy lejano a las milenarias tierras de China.

Han sido 22 días de aventuras, de emociones, de recorrer lugares maravillosos, de conocer amigos nuevos.

La verdad es que, pese a nuestros miedos y dudas iniciales, la aventura ha resultado ser un éxito. Los problemillas de comprensión, con paciencia y tiempo se han ido arreglando y nos hemos podido mover sin graves contratiempos.

He aquí unas pequeñas impresiones de nuestro viaje...

Los Chinos me han parecido extraordinarios, muy buena gente, honrados y cariñosos. Se entregan y comparten mucho, son sencillos, se ríen por todo, y muestran una curiosidad muy sana por el turista. De hecho, alguna gente que ha viajado con tour organizado, se han llevado una opinión muy diferente a la nuestra, cuentan que son antipáticos, mal educados, esquivos... Por lo que he visto, es muy diferente ir por tu cuenta y tener que depender de ellos. Entonces te comunicas más y resultan ser la mar de encantadores. Supongo que es cuestión de confianza, se deben sentir extraños ante nosotros y deben reaccionar de modo defensivo. No negaré que tienen su carácter, sus costumbres, y a nosotros nos pueden sorprender y dejar con la boca abierta con según que actitudes, pero ese sentimiento seguro que es mutuo. Alucinan tanto con nosotros, como nosotros con ellos.

Los lugares, la cultura, las costumbres... todo me ha parecido muy interesante, y en 22 días, la verdad es que hemos podido acostumbrarnos al ritmo oriental, y la dificultad la hemos encontrado al regresar a casa, al trabajo, al stress occidental, que no tiene nada que ver con el stress oriental, que más que stress yo diría que es follón, ajetreo, ruido... Los primeros días casi me vuelvo loca con tanto tráfico de coches, bicicletas, motos, autobuses, personas... todos pitando y gritando... un verdadero caos urbano, pero es curioso como ver que jamás se enfadan y parecen ir por la vida con una tranquilidad y buen humor envidiable.

La comida es realmente exquisita. Hay tanta variedad que es una maravilla sentarte en la mesa y disfrutar de las mil sorpresas que te deparan los nuevos platos que vas a probar. Mil y un sabores por descubrir entre las batallas por lograr comer bien con los palillos.

Los viajes en tren, han sido muy especiales, La mejor manera de conocer como viven los Chinos, es perderte con ellos en un vagón de tren, y viajar horas mezclado con ellos. Son muy amigables, hablan de cualquier cosa entre ellos, y si les das un poco de confianza (con una simple y tímida sonrisa basta), no te dejan en todo el trayecto. Hablan contigo de cualquier forma, con cuatro palabras en inglés, con dibujos, con señas, todo sirve para comunicarse y entablar una conversación. También te ofrecen comida, bebida... son muy hospitalarios.

Lo peor:

· El calor aplastante, la contaminación, los cientos y cientos de personas que te encuentras en cualquier lugar... · Las largas distancias, la inmensidad de todo. · Evidentemente, el fantasma de la diarrea se ha cernido sobre nosotros... y no es una grata compañera cuando tienes que viajar en tren, en asiento duro, el borreguero por excelencia, donde apenas tienes espacio vital para sentarte, no hay aire acondicionado, solo ventiladores destartalados, y te esperan 12 horas de viaje... Un verdadero infierno, si no hubiera sido por la simpatía de un grupo de estudiantes Chinos, que estuvieron conversando con nosotros hasta altas horas de la noche, e hicieron la experiencia más que llevadera, entrañable. · Y puestos en materia, para cualquiera que haya estado en China, solo tienes que nombrar la palabra lavabo y seguro que le arrancarás una sonrisa... Realmente, aquí se ve que son gentes acostumbradas a tener poca intimidad, poca individualidad, a compartirlo todo... Para hacerse una idea, los lavabos son tipo ducha (como los franceses), pero con la peculiaridad de que no suelen haber puertas para encerrarse en ellos, como mucho, un muro lateral. Tampoco hay pestillos en la puerta de entrada, y evidentemente en cuestión de higiene, no son modélicos. Lo más curioso es que en los sitios más modernos, si que hay puerta y pestillo, pero no los utilizan. Digamos que he visto más de un trasero en mis esporádicas e inevitables incursiones en los lavabos públicos. En fin, un trauma para nosotros, pero ahora solo queda en anécdota.

Lo mejor:

· Los templos me han encantado. Budistas, Taoístas, dedicados a Confucio, Mezquitas curiosísimas... El incienso, las velas, los cantos budistas... han conseguido elevar mi espíritu.

· Las compras, una auténtica locura. Los mercadillos son lugares atestados de Chinos comprando, regateando y vendiendo cualquier cosa. Lo pasé genial conversando con los dependientes, y lloré y lloré cuando descubrí que en los 20 kilos permitidos de equipaje, no podía llevarme casi nada!!!.

· Los precios, qué baratita que es la comida!!! Por 1.5 por persona comes en un restaurante, con varios platos, cerveza, té... Orgías gastronómicas a precio de risa!!!. En una marisquería, te puedes gastar 10 por persona... y si comes en un puesto de la calle... 0.30 !!!. Los pinchitos de Xian son deliciosos, picantes como demonios, pero buenísimos!!! Y la Olla Mongola muy curiosa y sabrosa, por no hablar del Pato Laqueado... Infinidad de platos a probar, no se terminan nunca.

La Ruta:

Shanghai, 20 horas de tren hacia Xian, 12 horas de tren hacia Pingyao, 10 horas de tren hacia Beijing y 12 horas de tren de regreso a Shanghai... Más 19 horas de esperas en aereopuertos y trayectos en avión para regresar a España... Al menos, al regreso tuvimos que volar en Bussiness Class... qué sufrimiento!!! Una copita de cava nada más subir al avión, qué gustazo!!!.

Los Chinos siempre preguntaban qué ciudad nos había gustado más... muy difícil de responder, cada una de ellas tiene su encanto y no se puede comparar...

· Shanghai: El futuro, me sentí como en la película Blade Runner, una gran urbe asiática donde solo faltan las naves surcando el cielo entre los rascacielos. Un lugar fantástico para perderse.

· Xian: El pasado, el lugar donde hallaron la 8ª maravilla del mundo: El Ejército de Terracota, una tumba digna de contemplar. Además de diversos Templos de todo tipo y el animado Barrio Musulman, con la mezquita más antigua de China.

· Pingyao: El Sueño Chino, un pueblo de la Dinastía Ming, donde parece haberse detenido el tiempo. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad, y con toda la razón del mundo. Los hoteles son autenticas casas Ming, con camas chinas, con los farolitos chinos, música china suave por las noches, paseos en bici, gente amabilísima... un oasis de paz y tranquilidad, en medio de la ruidosa China.

· Beijing: Siglos de historia. Como ciudad, quizás demasiado grande para mi gusto, pero sus monumentos son inigualables, El Palacio de Verano, El Templo del Sol, La Ciudad Prohibida... sientes en cada metro cuadrado, el peso de la civilización China a través de los siglos. Y como no, la visita obligada a la Gran Muralla, la gran serpiente que cruza las montañas... espectacular, desafiante, majestuosa...

Y este es a grandes rasgos, mi periplo por la anciana China. Quizás, cuando emprendes el viaje, esperas encontrar un ambiente más bucólico, y es un poco extraño ver como se esta modernizando a pasos gigantes. Pero los siglos pasados están ahí, en cada esquina, y se puede ver la sombra de generaciones de historia en el rostro de sus gentes.

Un viaje maravilloso, inolvidable, que se debe repetir y ampliar. Y aquí estamos, soñando y ahorrando... Septiembre... cuanta melancolía nos trae este Otoño...

Morganilla, Septiembre 2.002.

  la anciana China (Pingyao)