SEPTIEMBRE

Cuando ya casi teníamos preparadas las maletas para nuestro viaje a Sri Lanka nos comunicaron que la compañía aérea -Royal Jordania- adelantaba un día la fecha de salida. Habíamos previsto la estancia en Petra para los días de regreso a Jordania, de modo que aprovechamos ese día extra para visitar Jerash, con unas ruinas romanas espléndidas. El hiriente sol y el viento que soplaba caliente como si de un horno se tratara no contribuía mucho a disfrutar de la visita, pero aún así resultó muy interesante y luego lo compensamos con una fresca y riquísima comida en un restaurante cercano, terminando con el delicioso te a la menta y la pipa de rigor.

Después de dos semanas en Sri Lanka volvimos a aterrizar en Amman. Hicimos algunas visitas, entre ellas, al Mar Muerto y, desde luego, esa es la imagen que da: un mar muerto. Dicen que no tiene vida animal ni vegetal por el exceso de minerales en sus aguas y la densidad tan grande de sal, yo creo que es porque cualquier bicho se fríe ahí dentro. La temperatura del agua era superior a la del exterior (que ya es decir) y la sensación que tienes al sumergirte en él, o mejor dicho al flotar, es cuanto menos, poco agradable, no digamos nada del escozor que produce en el cuerpo el exceso de sal. Ni que decir tiene que es toda una experiencia y que a mi no me gusta que me cuenten las cosas, sino vivirlas de primera mano.

Al día siguiente, por fin, madrugamos para conocer una de las ciudades con más misterio que hayamos podido imaginar. Si bien es cierto que a veces las fotos y los reportajes que vemos dejan poco espacio a la imaginación, haciendo que incluso nos decepcione un poco la realidad al conocerla, PETRA NOS ESTREMECIÓ. Y nos estremeció desde que empezamos a pisar el desfiladero que conduce a la entrada, cuando estás deseando llegar para ver la imponente fachada del Tesoro y a la vez no quieres que se acabe esa intriga para hacerla durar más. A partir de aquí, cuando crees que ya lo has visto todo, empieza la ciudad que construyeron los nabateos excavando en la montaña. La subida hasta el Monasterio, a más de cuarenta grados, es realmente agotadora, máxime si cuando estás a punto de llegar bajan unos italianos pidiendo un médico porque a un turista inglés le ha dado un ataque al corazón. Cuando llegamos el hombre había muerto y todos los esfuerzos por salvarlo fueron inútiles. Durante un rato que nos pareció eterno se rompió el encanto. Sólo nos repusimos cuando en nuestro interior llegamos a la conclusión de que cualquiera de nosotros, de poder elegir, no hubiera encontrado un lugar y una forma mejor de morir. A partir de aquí saboreamos cada momento del final del viaje, intentando llevarnos todas las imágenes en nuestras cámaras y sobre todo, en nuestro recuerdo.