Crónica por:Percy Rodriguez. http://rastros.8k.com/

Un artículo de la revista española Desnivel del 2004 llamó mi atención hace unos meses, titulada Cordillera Central describía varias actividades por dicha zona, al sur con Huayllay, al norte con caminatas por las cordilleras Rumicruz, Raura y Huayhuash, al este con ascensiones a nevados. Esto más la intención de conocer algo adicional de los caminos incas desperdigados por Pasco, Junín, Lima, etc, fueron dando origen a la salida de semana santa. Luego de estudiar las posibles rutas, los mapas a usar, el cálculo de tiempos, altitudes, puntos de campamento, en fin toda la logística, decidimos hacer la ruta con mis compañeros de equipo. La vorágine de la capital finalmente pudo más y quince días antes mis compañeros desistían de la empresa por diversos motivos. Pero no había marcha atrás, la invitación al público ya estaba hecha. Finalmente armamos un grupo de nueve caminantes, todos muy parejos y con experiencia dispuestos a seguir mi propuesta.

Fletando dos taxis fue como llegamos a Quisque, un pueblito en las alturas de Pasco, al pie del enorme y bello lago Punrun. Nos recibieron los perros, las ovejas, las llamas, uno que otro poblador esquivo y por supuesto el viento helado de las alturas. En nuestro plan inicial en ese instante ya deberíamos estar a dos horas de camino pero nos había costado trabajo encontrar movilidad en Cerro de Pasco sobretodo por las condiciones deterioradas de la carretera a Quisque. Por lo tanto estábamos atrasados y había simplemente que echarse a andar y así fue sin mayor ceremonia.

La ruta inicial nos mandaba caminar hacia el sur pero gracias a Willy -que también cargaba un mapa- y a algún acomedido poblador, desviamos la ruta hacia el norte, bordeando Punrun, un camino algo más pesado que la opción uno pero al fin y al cabo más corto y con las mejores vistas de este lago. Emprendimos pues el camino hacia el norte, mapa en mano iba calculando unas tres horas para llegar al punto de referencia siguiente, el pueblo abandonado de Jumasha. Este camino tiene tantas subidas como bajadas, y trascurre por el borde del acantilado que forman los cerros con Punrun, algunos tramos se hacen estrechos y muestran caídas verticales pero al final de este trayecto el camino desemboca en una loma, unos cien metros encima de Jumasha, a lo lejos se ven las casitas con techos a dos aguas a la orilla del manso lago. Bajamos Karina y yo que íbamos adelante tanteando la ruta a seguir ese primer día y cuando llegamos al pueblo recién nos dimos cuenta que era un pueblo abandonado, al fondo se veían estructuras de metal que nos hacían pensar en su vida años atrás, probablemente de actividad minera.

Lo primero que hicimos fue buscar un lugar adecuado para descansar y para esto no hubo mejor lugar que una casa con un ancho pasadizo techado y piso de madera, el lugar era excelente para protegernos del viento mientras el resto llegaba. A lo lejos aparecieron Elmer y Alex y el resto del grupo fue llegando cada quince minutos. Con el correr del tiempo, el lugar que elegimos para descansar tuvo que convertirse en lugar de campamento pues ya eran más de las tres de la tarde y en lo que seguía de camino no parecía haber mejor zona de campamento. Pensaba en lo atrasado que estábamos de nuestros planes iniciales así que sugería levantarnos a las cinco de la mañana para tener más tiempo el viernes de remontar el tiempo perdido. Elmer sugirió las cuatro de la mañana como inicio de actividades y así quedamos. Lo que siguió de la noche fue un banquete de arroz chaufa, salchichas, frejoles, café, mazamorra morada, frutas, es decir, la gente se alimentaba bien para mañana y tenían razón, sería un día duro. La luna estaba llena y sobre el lago, una luz que le daba un tono particular, con esa visión cerré mis ojos para descansar.

Eran casi las cuatro de la madrugada y ya no soportaba la sed y la posición en que estaba durmiendo, así que me levanté para iniciar el día, el resto también empezaba a desperezarse en el claroscuro de la madrugada. Para mí, un desayuno frugal, el resto preparaba un desayuno continental. Siendo las cinco y media de la madrugada y con la luz de luna tiñendo todo de azul, dejamos Jumasha, nuestro punto de campamento improvisado. Según el mapa había que superar este día un abra de 4650m, adicional al principal abra del día, Paso Chacua Grande con 4850m.

Caminando aun a tientas, empezamos a otear el camino, bordeamos el último tramo de Punrun, páramo inundado, le dijimos adiós y según mandaba nuestra orientación entramos a la quebrada Catahuari para alcanzar el Paso Pucci. Lo primero que nos recibió en esta quebrada fue el cementerio de Jumasha y una laguna pequeña que reflejaba todo a su alrededor. En este punto Willy, que había llevado radio comunicadores me alcanzó uno y quedamos en comunicarnos cada hora por si nos distanciábamos mucho. El camino a seguir se veía claro, llegar al abra Pucci nos tomaría unas tres horas, Karina y yo adelante, Elmer, Alex y Erick un poco más atrás y Jimmy, Arturo, Willy e Irma cerrando filas. Esta quebrada tiene cuatro pequeñas lagunas y alcanzarlas es relativamente fácil, la subida tiene un camino marcado y siempre pasa por el pie de estas lagunas, sólo al final se separa de la última laguna y empieza la trepada final para llegar al abra Pucci. Cada hora que pasaba iba contactando con Willy para ver el estado de su avance, a veces la comunicación se hacía deficiente por los cerros que bloqueaban la señal, pero mal que bien nos lográbamos comunicar.

La definición del camino hasta ahora no me había representado mayores problemas, el mapa era claro e iba comparando todos los referentes geográficos para estar seguro que íbamos por buen camino, así fue como llegamos al abra Pucci, un par de minutos para recuperar el oxígeno y empezar el descenso a la pampa Yanamachay. Elmer y su pelotón se mostraban cerca de nosotros y así les servíamos de señal y ellos a su vez de señal para el grupo de Willy. Cuando ya estábamos en lo más bajo del valle tuvimos problemas para comunicarnos con Willy pero a pesar de eso llegué a establecer comunicación y nos decía que Irma estaba sintiéndose mal y que estaban yendo a ritmo lento. Ese día era el día en que debíamos recuperar lo que perdimos el jueves y la meta definitivamente era pasar Chacua Grande y descender por lo menos media hora más por lo que atrasar el paso era un problema para llegar a la meta. No volvimos a establecer comunicación con ellos. Seguíamos avanzando, esta vez ya habíamos pasado la laguna Taptapa y Huatacocha, el valle verde con las lagunas y los nevados del fondo se veían como una pintura que invitaba a sentarte a observarla horas y horas pero como tiempo era lo que no sobraba, teníamos que grabarla rápidamente en la mente y en una foto. Así llegamos a la laguna Pistag que tiene un desaguadero con compuerta de concreto, por donde pasamos haciendo fácil equilibrio. Desde nuestro punto ya podíamos ver las huellas para subir al abra mayor, sólo al final el camino se perdía junto con las suposiciones de por donde pasar el Chacua Grande. El orden de los caminantes se había mantenido tal cual salimos de Jumasha y nosotros seguíamos sirviendo de señal para que los que nos seguían vieran la ruta o la intuyeran mejor.

El ataque final al abra me arrancó casi todo el oxígeno que tenía, iba subiendo resoplando y parando cada treinta pasos para proveerme de más oxígeno, atrás mío subía Karina algo más fresca pero prefiriendo dejarme encontrar el camino. Cuarenta metros antes de llegar al abra, el camino se encapricha y desaparece, deja una pequeña huella subiendo a la derecha que sugiere al caminante que continúe por el cerro pelado, pura arena suelta, fácil de resbalar. Iba a tomar esa opción pero como sabía que ya estábamos cerca de la cumbre busqué con la mirada las apachetas que nunca faltan en las cumbres y con esfuerzo vi una escondida entre las rocas, ya con pocas piedras una sobre otra, pero fue el indicio suficiente para voltear a la izquierda, Karina subió primero y confirmó que el camino continuaba por allí. Unos pasos más y la maraña de rocas dio paso al abra Chacua Grande, qué satisfacción para tal esfuerzo, se acababan las subidas. Desde ese punto podemos ver el camino recorrido hasta entonces y todo se ve lejano, agudizando la mirada vi puntitos negros en la alfombra verde del valle y confiaba que fueran los últimos del grupo ya que sabía que Elmer y compañía nos seguían muy de cerca subiendo el abra y sirviendo de señal al resto. Intenté usar la radio pero Willy ya no me respondía desde hace horas atrás por lo que desistí de continuar monologando “atento, atento Willy”.

Sólo un descanso de dos minutos y empezamos a bajar con Karina para encontrar un punto de campamento, tenía la idea de que fuera al pie de alguna laguna que figuraba en el mapa. El viento helado nos llegaba desde el Cañonpunta que mostraba una arista rocosa filuda y nieve dura casi en su cumbre, su figura seducía mi imaginación y pensaba lo difícil que sería una aproximación si me animara escalar esta montaña. Unos minutos de bajada y llegamos a la carretera angosta y en mal estado que alguna mina habrá mandado hacer para seguir succionando el metal de las montañas y dejando a cambio contaminación. Seguimos el zigzag de la carretera y ésta nos dejó en la laguna Jatunpata, lugar con una pequeña planicie propicia para el campamento, protegida del viento y con abundante agua. Sin perder el tiempo armé mi tienda para poder luego descansar y comer algo, nada elaborado, una kiwinola, un poco de queso, caramelos y limonada para hidratarme. Descansamos todo lo necesario, habíamos llegado a las dos y media de la tarde y aunque podíamos caminar un poco más, el lugar ideal para el campamento nos retuvo allí. Media hora después llegó Erick, tranquilo y tomando fotos como siempre, y echando a perder el pronóstico de Karina que decía que el primero sería Jimmy.

Poco después llegó Elmer, Alex y al final emparejados Arturo y Jimmy. Arturo nos contó entonces que se había comunicado con Willy y que le había dicho que él e Irma se quedarían a acampar a medio camino pues Irma se sentía mal y necesitaba aclimatarse más, dicho esto dudé que los viéramos sino hasta Lima pero luego ellos se encargaron de recuperar el tiempo como veremos después. Todos reunidos en un campamento apacible y aún con sol, nos dedicamos al relax total, nos lo merecíamos sin duda, había sido un día muy duro, dos abras superados y más de veinte kilómetros recorridos. La noche llegó con la bruma y la neblina fría nos recordó que habíamos hecho un campamento a 4600 msnm por lo que empezamos a abrigarnos mejor. La cena de rigor la hicieron Elmer y Jimmy -el resto ya empezaba a holgazanear- frejoles, atún, tallarines, salchichas, mazamorra y te, luego a los sacos de dormir, nos esperaba el sábado, un día menos difícil de pura bajada para llegar al Oyón, la hora pactada para el inicio de actividades fue las cinco de la mañana, sí, ya no estábamos relajando.

No sé de quién era el gallo que cantaba insistentemente, pero quería estrangular ese celular polifónico que nos despertaba justo a las cinco de la madrugada y peor aun justo cuando en mis sueños ya estaba llegando a la cumbre del Cañonpunta, lástima, para otra vez será. Levantar el campamento nos demoró más de lo debido, creo que los caminantes subestimaban lo que nos esperaba por ser de bajada. Entonces a bajar se dijo, y nos mandamos nomás, yo con algo de nostalgia porque empezaba a alejarme de las montañas, quizá nunca más pise esos parajes y es que el Perú ofrece tantos lugares por descubrir que es difícil repetir una ruta.

Bajamos y bajamos como un par de horas antes de toparnos con un tramo conservado del camino inca, una escalera empedrada y un camino más ancho que la carretera actual nos daban indicios de la mano de los cuzqueños por estas tierras. Luego vino el enorme bosque de queñuales al cual ingresamos porque el camino transcurre por allí, por partes se pierde, por partes el bosque adquiere una apariencia de película de terror pero al final el camino desciende, los árboles disminuyen, aparece el cerro Amazona y el río que cada vez carga más agua y se hace difícil cruzarlo de un salto. En este día la primera parte la anduvimos como un grupo compacto, prácticamente todos pisándonos los talones, pero luego de cruzar el cerro Amazona el camino se vuelve monótono, sólo hay que seguir la dura carretera para llegar a Oyón por lo que Arturo y yo quisimos tomar otro camino que aparentemente llevaba a Oyón pero nos equivocamos. Desde donde estábamos vimos como el resto ordenadamente pasaba por la carretera con Erick adelante y se iban haciendo pequeños, pero tercos nosotros no abandonábamos la idea de continuar por el camino elegido. Un trecho del cerro se había deslizado y había cortado el camino de herradura por lo que en un rápido análisis decidí volver a la carretera y no perder más tiempo pero Arturo aun porfiaba pasar por el derrumbe.

Cada uno por su lado tuvimos que encontrar nuestros caminos, yo volví a la carretera, eso significaba retroceder lo andado y quedar rezagado al final pero al menos sabía que estando en la carretera podría caminar rápido y quizá alcanzar a todo el pelotón que había dejado sólo polvo a su paso. Arturo subía intentando encontrar el camino que lo lleve directo a Oyón, pero al final minutos después desistió y volvió a la carretera, eso ya no lo vi porque estaba en las curvas de la carretera sacándole chispas a la suela Salomon. Poco más de una hora me tardé en ver a lo lejos a parte del grupo que bajaba por la carretera, eran Jimmy y Karina y mucho más adelante distinguí a Alex y Elmer, a Erick nunca lo vi, el llegó a Oyón primero, almorzó, tomó fotos panorámicas y nos esperó campante.

Caminar por carretera es tan molesto para mí como ver una novela mexicana, nunca acaban, pero por más que buscamos nunca encontramos un camino de herradura así que a Oyón llegamos por carretera. Directo a la plaza de armas, lugar lógico de encuentro. Una vez los siete reunidos nos fuimos a dar rienda suelta al hambre y para esto dimos con el restaurante Churín que nos sirvió sendos platos a la carta y menús en su patio central con el sol aun calentando, los cerros alrededor y el vuelo de tres cóndores a lo lejos, muy lejos. Un par de horas más tarde nos dieron la sorpresa Willy e Irma que saliendo temprano de su campamento habían caminado a buen ritmo y casi nos habían alcanzado en el camino, de esa manera fue como los nueve de Quisque llegamos a Oyón.

Así dimos por concluida esta caminata que luego de tres días no llevó por parajes insospechados, nos mostró toda su belleza como pueden apreciar en las lentes de los participantes y nos remontó al pasado imperial incaico. No pretendemos alcanzar la etiqueta de descubridores, sólo queremos dar a conocer las bellezas que tiene un poco escondido el Perú y esta ruta es una, el esfuerzo se verá compensado doblemente, sólo les queda animarse a recorrerla, háganlo que no se arrepentirán.

Estubimos presentes en esta aventura: Erick Llontop,Alex Grau,Arturo Salazar,Percy Rodriguez, Elmer Montes,Karina Nuñez,Irma Quispe,Willy Ludowieg, Jimmy Alcántara.