Crónica: Pilar Gorostiaga

Comenzaré por relatar mi viaje a la ciudad de Iquitos en plena selva amazónica acompañada de mi querido amigo Erick. En éste viaje nos acompañó la suerte desde el primer momento.

A la llegada al aeropuerto de Iquitos, conocimos a una persona q conocía muy bien la ciudad y nos recomendó un hospedaje sencillo, limpio y muy barato; en el mismo hotel nos indicaron una Agencia de viajes que nos podría llevar a la selva haciendo un tour.

En la Agencia nos recibieron con fruta y refrescos y nos informaron de todos los detalles en los que consistía el tour. Al informarnos del precio, bastante elevado por cierto, mi amigo comentó que ya teníamos una oferta muchísimo más barata. Al tío se le pusieron los ojos como platos y contestó que él iba a rebajar aún más y así lo hizo resultando ser bastante mas barato de lo que pensábamos gastar.

La misma agencia se encargaba de recogernos en el hospedaje y en barca conducirnos a un albergue en mitad de la selva. Al hotel vino a buscarnos nuestro guía, el cual nos acompañaría todo el viaje sin separarse un momento de nosotros. Era un chico muy joven, de unos 25 años más o menos, no lo recuerdo bien. Se llamaba Gilberto, su tez era muy tostada, sus ojos y su cabello tremendamente negros del color del azabache y con una sonrisa de oreja a oreja. Nos llevó hasta el puerto ocupándose de nuestros trastos y emprendimos nuestra aventura.

Yo no las tenía todas conmigo, había oído que los indígenas eran ladrones y temía de todos los animales, de los mosquitos en particular, pues me dijeron que atravesaban la ropa a pesar del repelente, pero Erick me daba confianza y seguridad, su 1,80 impone ante la estatura de los indígenas. Llegamos al cabo de dos horas, a través del río Amazonas a nuestro albergue, al borde del río Tapire, un pequeño río que salía del Amazonas. La gente del albergue nos esperaba dedicándonos la mejor de sus sonrisas y no sé si fue por eso, por la belleza espectacular del lugar, que me inundó una paz inmensa y supe desde ese momento que serían las vacaciones más maravillosas de mi vida.

Nuestra cabaña construida de paja sobre la altura de unos pivotes de madera se veía preciosa y segura. Tenía una pequeña ventana cubierta por una tela metálica para impedir la entrada de los insectos. Nuestros camastros estaban hechos de madera, sobre los cuales descansaba una colchoneta muy fina forrada de una tela de flores y cubierta por unas sábanas finas y blancas como la nieve y del techo bajaba una tela de tisú que caía sobre cada cama para así impedir la picadura de cualquier bicho.

El calor era terrible y eso que solo estábamos a unos 29 grados, pero la humedad hacía que nuestras ropas se pegaran al cuerpo transpirando como cochinos. Al llegar al albergue solo estábamos 4 personas, dos amigos, uno alemán y otro sueco, delgados, con sus ojos color azul del cielo y largos como un día sin pan. Hablaban algo de español, así que la charla en el almuerzo fue de lo más amena, solo estábamos los 4 y la comida muy bien preparada se esfumó en un momento. El cocinero alucinaba, había preparado comida para diez personas y entre los cuatro nos la habíamos zampado. Todo esto acompañados por un indígena llamado Thomas, que era el mozo o sea el camarero charlando y riendo sin parar y cada vez que los hombres llenaban sus platos de nuevo, los ojos de Thomas parecían que iban a salirse de sus órbitas.

Después del agradable almuerzo descansamos antes de ir a pasear por la selva acompañados de nuestro guía Gilberto. Para caminar por la selva nos dieron botas altas de goma, debido al barro y a los diferentes animales que podían resultar peligrosos.

Gilberto siempre iba delante con su machete, despejando el camino, pero solo lo suficiente para no dañar sin motivo el lugar. Lo primero que nos dijo fue que no tocáramos ningún árbol ni ninguna planta porque aunque su aspecto resultara atrayente, podían ser venenosos, los árboles eran tremendos de grandes, la vegetación espesa, los diferentes tonos verdosos lo llenaban todo, mientras caminábamos los mosquitos nos seguían como locos, nos atacaban por todos los flancos, era terrible, sin embargo nuestro guía, seguía impasible, caminando seguro y tranquilo por la selva.

Al mismo tiempo, nos indicaba las diferentes flores que iban surgiendo entre los árboles, flores llenas de colores, inmensamente grandes, mientras se escuchaban a las distintas aves cantar sin cesar y otros ruidos que desconocíamos. Gilberto nos explicaba las diferentes propiedades medicinales de algunos de los árboles que encontrábamos a nuestro paso, daba un corte en la corteza del árbol del que manaba una especie de leche que ellos la usaban para curar las diferentes enfermedades, así como catarros, anginas, toda clase de problemas respiratorios, también con la corteza de otro árbol se curaba la diarrea, cosa que pude comprobar personalmente, hervidas en agua durante cerca de una hora, se tomaba su caldo, que resultó ser mano de santo, (os imagináis en la selva y con pirrilera?). La verdad es que al día siguiente estaba como una rosa. La selva está llena de unos grandes “enjambres”, lo digo así para que os hagáis una idea, pero eran termiteros, lo mismo colgaban de los árboles adheridos a ellos o se apoyaban sobre la tierra. Después de ese paseo volvimos al albergue a cenar.

Comenzó a llover fuertemente pero aún así salimos de nuevo a caminar, ésta vez fuimos en busca de tarántulas, había llovido mucho y el suelo estaba todo embarrado. De pronto mi pierna se quedó atrapada en un agujero, creo que mi grito se oyó en toda la selva. Apresuradamente vinieron a ayudarme, solo me había quedado hasta la rodilla llenándose de barro y agua mi bota. Continuamos la marcha y las tarántulas parecían no querer salir, así que dimos marcha atrás para regresar a nuestro albergue, todo iba muy bien aunque a mí me salía el barro y el agua de mi bota a cada paso que daba, en una de éstas resbalé y fui a parar al fango, me moría de la risa, cuanto más hacía por levantarme, mas me caía, me llené de barro hasta las orejas, por fin mi amigo Erick logró levantarme y fuimos ya al albergue. Os podéis imaginar el cachondeo, Erick contaba que parecía una cerdita gozando en el barrizal y con sus gestos imitaba a los cerdos. yo siguiendole para pegarle y los indígenas muertos de risa. Nuestro primer día había sido genial.

El segundo nos levantamos a las 4,30 de la madrugada para ver el amanecer. ¡! Que fantástico!!. Se veía a lo lejos del amazonas como avanzaba una bola de fuego y se iba elevando del río. Fue maravilloso. Seguidamente iniciamos una caminata por otro lugar diferente de la selva, que nos condujo hasta un pequeño poblado llamado “ pueblo centro América “. Todos los lugareños nos saludaban con sus bonitas sonrisas, llevábamos agua y fruta en las mochilas, pues estaba previsto volver hacía las 4 de la tarde. Anduvimos unas 3 o 4 horas hacia una laguna donde nuestro guía tenia preparada una pequeña canoa, cruzamos la laguna y nos pusimos a pescar pirañas.

Nuestro guía se había encargado de preparar nuestras cañas de pescar que consistían en dos trozos de ramas con una pequeña cuerdita que hacia las veces de sedal y un anzuelo sujetando la carnada.

La laguna era un lugar muy tranquilo donde se escuchaban todos los sonidos de las diferentes aves inundándome una paz y tranquilidad inmensas y después de la tremenda caminata, empapados en sudor se agradecía estar sentados en la canoa. El sol nos daba de lleno pero no podíamos quitarnos la ropa por temor a los mosquitos.

Cuando nos cansamos y cargados con nuestra copiosa pesca (1 piraña y dos pececitos mas), atravesamos la laguna en nuestra rudimentaria canoa y de nuevo nos dirigimos al sendero por el cual habíamos venido. Era una gozada coger de los árboles las frutas que se nos antojaban, plátanos, toronjas, que son parecidas a las naranjas, pero no tan dulces y chupándolas el jugo te quitan la sed. En fin estábamos en el paraíso, aunque manzanas precisamente no vi...

Siempre acompañados por la agradable e interesante charla de Gilberto, nuestro guía, en la que nos explicaba que los cientos de hormigas enormes caminando en fila y cargando una hoja cada una, se dirigían a su hormiguero sin descansar ni de día ni de noche esas hojas las depositaban dentro del hormiguero se pudrían convirtiéndose en una especie de champiñones de los cuales se alimentaban, muy rico por cierto, lo que hacía que crecieran saliéndose las alas y salían volando de su hormiguero. Gilberto conseguía mantenernos con la boca abierta ante tantas explicaciones tan curiosas e interesantes.

Yo no podía ni con mi alma chorreaba agua todo mi cuerpo y el cansancio de mis piernas parecía que iba a ser imposible dar un paso mas, pero llegamos a mi puente favorito, éste consistía en un gran árbol cuyo tronco atravesaba el río y por el que teníamos que cruzar, la primera vez me pareció imposible el poder lograrlo, pero agarrada a las manos de Erick y Gilberto conseguí pasar. Al final del viaje no hacía falta que me ayudase. Yo solita pude hacerlo.

Allí todo era así, nada fabricado, las canoas construidas con los árboles, los remos también dándoles la forma de una pala. Las chozas o casas de los lugareños estaban construidas por pilares de madera, luego una gran tarima ocupando el tamaño de la casa rodeada de barandillas de madera y luego las hamacas colgadas de costado a costado de la casa donde todos sus habitantes descansan. En el centro de la casa ponen el arroz, el maíz, las frutas, en fin todos los alimentos bien protegidos de la lluvia, pues sus techos están hechos con la madera y las hojas de una especie de palmeras y las ramas tejidas de tal manera que aunque llueve intensamente ni una gota sola de agua llega a mojar el interior de la casa. La gente super amable nos invitaba a sus casas y nos obsequiaban con una bebida típica de allí llamada chicha.

Por fin sobre las 4 de la tarde llegamos al albergue deseando tomar una buena ducha y quedarnos descalzos. Después de comer salimos de nuevo a caminar, esta vez en busca de un lagarto, según Gilberto, lo íbamos a coger con nuestras propias manos. Yo creí que lo decía en broma y nos adentramos en la selva acompañados de Thomas, después de caminar un buen rato vieron uno arriba de la rama de un árbol, ni corto ni perezoso, Gilberto se descalzó y comenzó a escalar el árbol, yo alucinaba en colorines, parecía un mono, nos advirtió para donde caería para cortarle el camino y atraparlo. El lagarto cayó y Thomas y Erick echaron a correr tras él, pero el lagarto era mas listo y se esfumó entre la hojarasca de la selva. Así que seguimos buscando otro y lo encontramos, esta vez Gilberto nos dijo como colocarnos, bueno a ellos, yo ni de coña... lo tiró de la rama donde se encaramaba y Erick fue el primero que lo sujetó pisándole la cabeza y con la ayuda de Thomas lo agarraron. El animal era precioso, enorme y se quedó como petrificado, disimulando que estaba muerto. Jamás había visto semejante cosa. Mientras estuvimos sacándole fotos, el animal no movió ni tan siquiera los párpados de sus ojos. Era hermoso. Cuando acabamos la sesión fotográfica dejamos al animal y en suelo y haciéndonos como que nos íbamos, el animal en cuanto se vio solo, en un pis pas desapareció como por arte de magia, la noche se nos cayó encima y volvimos a cenar al Albergue. Yo estaba agotada, los hombres iban a salir después de la cena en busca de caimanes, pero yo pasé de semejante hazaña. Ahh pero el cocinero tuvo la amabilidad de cocinar para mi los pescados, la piraña estaba deliciosa.

Al día siguiente salimos después del desayuno sobre las 8,30 esta vez íbamos en busca de osos perezosos. Volvimos por el poblado de los indígenas me encantaba pasear por aquel lugar, al cabo de un rato Erick vio a un oso adormilado en lo alto de la rama de un árbol y Gilberto descalzo de nuevo se encaramó hasta llegar a la rama trayendo consigo al oso. Tenía una careta simpática era de tamaño mediano, ni muy grande ni muy pequeño Gilberto nos explicó que según las garras que poseía se sabia la edad que tenia el animal. Con una garra era un bebé, con dos era viejo y con tres era ya adulto. Nos miraba sonriendo mientras le hacíamos las fotos, pero de vez en cuando soltaba su zarpa tan veloz que había que poner mucha atención para que no te pillara, pues sus uñas eran largas y afiladas y nos habría hecho una avería. Cuando terminamos lo dejamos en su rama a la que se abrazó tan tranquilo.

Seguimos en busca de una flor enorme que está en algunas zonas de los ríos cuyo nombre es “ Victoria reina”, subimos en una canoa muyy pequeña íbamos sentados en el suelo de la canoa, por supuesto con el pompis mojado pero daba igual tal el calor que hacía, hasta daba gustirrinín. Avistamos estas bellas flores sumamente enormes de color verde intenso y a un costado los pistilos, grandes de llamativos colores. Al cabo de un rato dejamos la canoa y seguimos caminando por el poblado, los niños ya sabían mi nombre y me saludaban, yo respondía a su saludo por sus nombres se reían y decían “ Sra., Ud. se acuerda de mi nombre”, unos niños preciosos. Los habitantes de la selva nada tienen que ver con el resto de los peruanos su color de piel es algo rojiza pero no quemada como los habitantes de la sierra, visten normal muy parecido a nosotros, disponen de un colegio en el mismo poblado al que acuden hasta secundaria, todos van uniformados desde los mas pequeños hasta los mayorcitos, al lado de la escuela hay un campo de fútbol donde se reúnen todos, grandes y pequeños, mujeres y hombres y allí es donde se entretienen, Las mujeres son delgadas y espigadas, sus ojos y cabellos brillan como el azabache y a todos les adorna una gran sonrisa. Erick no paraba de hacer fotos y yo iba rodeada de todos los críos preguntándome cosas sin parar.

Volvimos sobre las 4 de la tarde al albergue, queríamos contemplar el ocaso del sol desde el río Amazonas así que almorzamos rápidamente y nos dirigimos hasta el río, allí pudimos ver toda la belleza, la grandiosidad de un sol enorme y como iba esparciendo sus rayos por el cielo haciendo que éste se volviera rojo como el fuego, iba formando nubes de diferentes tamaños y colores, fue una auténtica maravilla, a ninguno de nosotros se nos oía ni respirar y yo no quería que me vieran como las lágrimas se deslizaban por mis mejillas de la emoción que sentía.

Cuando todo se quedó sumido en una negra oscuridad nos dirigimos a visitar a un chaman para hacerle una consulta que nos habían encargado, llegamos a su casa y nos recibió muy amable, pero muy orgulloso, pues allí se le considera una persona muy importante. La consulta la hicimos por medio de Gilberto. El chaman fumaba sin parar, dijo que en el momento no era posible ayudarnos y salimos de allí después de darle las gracias por habernos recibido, salí medio atontada o sea mas de lo que estoy normalmente, no sé lo que aquel hombre fumaba, pero desde luego no era un simple cigarro. Como todos habíamos recuperado el habla después de aquel anochecer volvimos a la canoa y comencé a hacer comentarios, cosa que disgustó a los hombres pues pretendían ir a la caza del caimán y había que guardar un silencio absoluto. Así que me dediqué a observar la cantidad de lucecitas que se encendían por todos los lugares, eran las luciérnagas, había miles, era precioso, además el cielo estaba cubierto de estrellas se veían todas las constelaciones, me daba la impresión que si extendía mi mano podría coger todas las que quisiera. Era horrible no poder decir ni palabra porque me contestaban “ silencio por favorrr”.

Los caimanes se reían de estos dos, no aparecían por ningún lado y yo de verdad hasta lo agradecía, me imaginaba que si un caimán daba un coletazo a nuestra pequeña canoa, nos iríamos todos a freír puñetas.

Llegamos al albergue a cenar y después de la cena querían volver a buscar los caimanes pero primero fuimos a buscar las tarántulas y ahora si que dimos con ella, ¡que cosa mas grande!. Imaginaros una araña pero 20 veces más grande tenia hasta pelos por las patas. Solo las había visto en las películas de Tarzán, pero os aseguro que existen. Luego les di permiso para irse a buscar caimanes y yo me quedé en el comedor del albergue donde uno de los indígenas tocaba la guitarra y cantaba una preciosa melodía, todos los que estabamos en el albergue escuchábamos embobados a la luz de los candiles pues el albergue no disponía de electricidad, todo se cocinaba sobre madera, así que todo tenía un sabor exquisito. Y el ambiente creado por los rojos candiles era cálido tranquilo y acogedor. A medida que Morfeo se ocupaba de nosotros, íbamos dándonos las buenas noches y cada uno nos dirigíamos a nuestro nido.

¡!hummm! Creo que no os he dicho que amanecía a las cinco de la mañana y anochecía a las cinco de la tarde, doce horas ocupados en conocer tanta hermosura, armonía y paz.

Al día siguiente nos fuimos a ver a los delfines rosados y a bañarnos en una playita. Íbamos en barca y en mitad del trayecto toda la gente joven comenzó a tirarse al agua para resfrescarse pues el calor que hacía era insoportable. Los que no sabíamos nadar muertos de envidia mirábamos como disfrutaban. Al cabo de un rato y después de que volvieran a subirse a la barca seguimos el viaje hasta una pequeña playa donde aparecieron los delfines. Parecía que nos estuvieran esperando porque comenzaron a deleitarnos con sus volatines, así que todo el mundo aprovechamos para sacarles unas cuantas fotografías y acto seguido nos fuimos hasta la tan ansiada playa. Como no llevaba bañador me metí en el agua con mi ropa interior no iba a quedarme vestida y además como posiblemente no volvería a encontrarme con aquellas personas, me tiré la manta a la cabeza y me metí al agua y así estuve a remojo hasta la hora de partir en la que salí del agua me coloqué mi ropa y a los dos minutos estaba completamente seca.

Al día siguiente nos íbamos a pesar nuestro, tanto Erick como yo estábamos encantados de permanecer allí y no nos habría importado quedarnos unos días más. Habíamos hecho mucha amistad tanto con Gilberto como con Thomas pero aún quedaba el último día.

Este día salimos después del desayuno y nos dirigimos por un lugar de la selva por el que nunca habíamos pasado. Ibamos a pescar al pez eléctrico, o sea a la anguila, llovía sin parar y tuvimos que ponernos nuestros impermeables, el mío me llegaba hasta los pies, estaba guapisima. Erick me lo sujetó no se como para no pisármelo, os podéis imaginar el cachondeo correspondiente, parecía un gnomo. Si ya hacia calor ....., con los impermeables que os voy a contar, sudábamos copiosamente era como estar dentro de una pequeña sauna donde todo el calor iba para ti exclusivamente. Llovía tanto que el agua inundaba la selva, algunos lugares por donde pasábamos las hojas ocultaban el agua que había debajo y que casi nos llegaba hasta las rodillas menos mal que a Gilberto no se le pasaba ni una y construía pequeños puentes para poder cruzar.

Llegamos a un riachuelo bastante ancho que había que cruzarlo atravesando un gran tronco, nuestras botas estaban de barro, el primero en cruzar fue Erick le seguíamos Gilberto y yo agarrada a su mano, de pronto oímos un fuerte golpe y un seco ahhhhh, se nos pusieron los pelos de punta, Erick se había resbalado golpeándose en el costado y estaba agarrado al árbol encogido sobre si mismo. Tardó unos minutos en recuperarse, volver a subir y cruzarlo. Se había dado un golpe tremendo en las costillas pero no quiso regresar al albergue y continuamos la marcha, llegamos a la laguna donde estaban las anguilas y Gilberto como siempre, preparó las cañas de pescar. Después de un rato, subido en una árbol la anguila picó el anzuelo y entre los dos, la sacaron del agua.

Era enorme de grande media algo mas de metro y medio y no paraba de moverse, nos hicimos fotos con ella y Gilberto comentó que podía darnos una descarga de hasta 800 voltios. Ufff hay que fastidiarse ehhh!!, Después muy suavemente sacó el anzuelo de su boca y la volvió a depositar en la laguna. Lo que más me admiraba de Gilberto era su tranquilidad, su serenidad, jamas se enfadaba ni se molestaba por nada, ni por las mil preguntas que le hacíamos ni por el tiempo que Erick se tomaba en sacar las fotos, tenía una paciencia infinita y nos daba total seguridad caminar con él por la selva. Yo desde luego no sentía el menor temor, me encontraba en el paraíso ¿ de qué iba a temer? .

Regresamos poco a poco al albergue donde nos esperaba nuestro último almuerzo. Teníamos un pequeño nudo en la garganta al despedirnos de aquella gente tan encantadora. Un momento antes charlamos con los indígenas que ocupaban una casita al lado del albergue, gente con una sencillez y una sabiduría indescriptibles. Nos dijeron que la construcción de su casa sobre pivotes de madera se debía a que en la época de las lluvias el amazonas crece como unos tres metros o más y todos los animales que venían arrastrados por las aguas, al igual que las serpientes escapando de la humedad, se encaramaban a sus tejados, lo cual era bastante peligroso, pero así era su vida, comentaban que la selva cada año era diferente pues por la fuerza del agua al arrastrar todo lo que encontraba en su camino nunca volvía a ser igual.

Después de comer nos despedimos de todos, cogimos la lancha que nos llevaría a la ciudad de Iquitos, a dos horas del lugar donde estábamos. Y seis turistas abandonamos juntos aquella exuberancia vegetal, dando las gracias a Dios por haberme permitido conocer aquello. Al llegar a Iquitos y como nuestro vuelo no salía hasta las cuatro de la madrugada del sábado, la agencia, muy amablemente, nos prestó una habitación para que pudiéramos descansar hasta la hora de coger el avión. Mientras paseábamos por la ciudad nos encontramos con Gilberto y con Thomas y su novia Jessica y nos abrazamos con cariño. Cenamos todos juntos y nos dimos nuestros correos electrónicos para seguir en contacto.

Me gustaría leyeran esto acompañado de las bellas fotos que hizo Erick de nuestra estancia y no dejaré de darles las gracias por el cariño y el afecto que nos mostraron y que hicieron posible que estos días fueran las vacaciones más maravillosas de mi vida.

Con cariño para mi amigo Erick y mi recuerdo para siempre de Gilberto y Thomas.

GRACIAS A TODOS –

PILAR.