NOVIEMBRE

MI BUENOS AIRES QUERIDO.- Este año hemos viajado en el tiempo, pero sólo dos estaciones: hemos revivido la primavera durante el otoño. Y aunque no la reconocíamos siempre como tal, nos hemos sentido como en casa. Me ha sorprendido descubrir que ninguna capital europea tiene tanta similitud con las nuestras como Buenos Aires, a pesar de la avenida Nueve de Julio, a pesar del inconfundible olor a bife de chorizo con el que te invitan a entrar la multitud de restaurantes instalados en sus calles, y a pesar de que esa cantidad de locales – a muchos de los cuales no nos podríamos permitir entrar en España con nuestro sueldo – sólo está superada por el número de librerías y kioscos de prensa. Buenos Aires te acoge y te sobrecoge. Te impresiona el tamaño de sus interminables avenidas, casi tan largas como las conversaciones que pueden llegar a mantener sus habitantes, empleando ese exagerado tono porteño que los diferencia del resto de argentinos y cambiando de lugar todos los acentos que nuestra ortografía nos había enseñado. Hasta sus anuncios publicitarios – chocantes e increíblemente imaginativos – convierten con tildes las palabras llanas en agudas y las esdrújulas en llanas cuando se refieren a tiempos verbales. Son geniales, lo hacen todo pisando fuerte. Y te convencen. Han llegado a crear su propio idioma uniendo el musical tono italiano - origen del que proceden al cincuenta por ciento – con nuestro vocabulario, falto de armonía. Disfruté de lo lindo, ¡y es que a mí siempre me ha encantado escuchar a los argentinos arrastrando deliberadamente las vocales para dar más énfasis a sus frases!

Pero, aparte de medir las distancias en la ciudad por “cuadras” y poner los semáforos de un cruce en el otro lado de la calle en lugar del que estamos ocupando (algo que resulta muy peligroso para los conductores europeos), no encontré parecido con sus vecinos de América del Sur y sí con la lejana Europa, más aún con España. La última moda en ropa, música o hábitos de ocio, en nada se diferencia de la nuestra, es como si viviéramos mezclados, o separados por una insignificante frontera. O esa fue mi impresión en los pocos días que vivimos allí. Eso sí, hay algo que los distingue de nosotros y que te llama la atención poderosamente a poco que convivas con ellos: su inseparable mate. Los hay de distintos materiales, con “bombillas” de metal más o menos trabajado, pero todo el mundo lleva uno en el coche o en la mochila junto a un pequeño termo para añadir agua caliente a la yerba mate que consumen a cualquier hora del día o de la noche y en cualquier lugar (porque en muchos restaurantes y locales vimos depósitos que suministran agua caliente gratuita para poder rellenar los termos). Lo curioso es que siempre se comparte con los de alrededor, es como un ritual, sorbes el líquido – casi siempre amargo, aunque se puede endulzar – y antes de pasarlo a tu compañero rellenas el mate con agua. Esto se repite lentamente durante una larga conversación en una terraza, en un coche o en la casa de un amigo. Luego se vacía de yerba y se guarda hasta otra ocasión (que muy probablemente será después de algunas horas, quizá con otros amigos).

No extrañamos nada allí, es ahora cuando echamos de menos el sabor inigualable de esa carne que brasean como nadie; "asado de tira", "matambre", "bife de chorizo", unos nombres que desconocíamos para denominar uno de los recuerdos que han pasado a nuestra historia, un sabor que te acerca a la naturaleza que aquí llegamos a añorar (¡también añoramos los precios!). Tampoco sentimos la inseguridad de la que nos habían hablado, quizá porque fuimos precavidos siguiendo los consejos de nuestro amigo Raúl, a quien tuvimos el placer de conocer en persona a nuestra llegada a Buenos Aires. El nos acompañó a unos cuantos sitios y nos hizo un gran regalo: la visita sorpresa al Bar Sur en San Telmo. Habíamos visto algunas parejas de baile haciendo sus demostraciones en la calle para los turistas, pero lo que vivimos esa noche era justo lo que necesitábamos conocer. Cuando irrumpimos en el local en mitad de la actuación (pudimos hacerlo así porque acompañábamos a Raúl, gran fotógrafo y conocido de los dueños), iluminado casi únicamente por las velas que adornaban las mesas, el cantante y los músicos desgarraban las notas de una de esas historias que te conmueven a ritmo de tango. A medida que mis ojos se iban adaptando a la oscuridad empecé a darme cuenta de dónde nos había metido y el corazón se me aceleró de emoción. Escuchar la voz grave y rotunda de ese hombre que lo llenaba todo ya era suficiente para hacerme sentir así, pero por si eso fuera poco, descubrir que el tiempo se había detenido en ese pequeño localito, medio vacío, íntimo, con unos músicos casi ancianos que hacían sonar maravillosamente el violín y el bandoneón para nosotros provocó uno de esos momentos mágicos que deseas que no acaben nunca. Y de hecho, la emoción siguió en aumento cuando contemplaba a aquel elegante personaje completamente calvo, vestido de etiqueta, interpretando las canciones más tristes y de pronto apareció una pareja de baile. Dos atractivos jóvenes impecablemente vestidos escenificaban, con bruscos movimientos, abrazos y expresión de dolor en sus rostros, toda la pasión que contaban las letras de esos tangos que habíamos oído tantas otras veces sin sentir que se nos erizaba la piel como esa noche. Tardé en reaccionar y casi no llego a tiempo de hacer las fotos que tanto deseaba. Por supuesto, no supe transmitir en ellas lo que se vivió allí, eso quedará en mi recuerdo y en la imaginación de cada uno. Casi no dormimos esa noche porque no veíamos el momento de irnos al hotel y teníamos que levantarnos a las cinco de la mañana para salir hacia Iguazú, pero no nos importó, la selva subtropical sería un buen lugar para asimilar todas nuestras nuevas impresiones, y en el avión descansaríamos un rato.

Casi me olvido del fútbol, esas retransmisiones continuas por televisión, ese despliegue de policías por las calles, la violencia habitual en los estadios y alrededores, la pasión inexplicable de los hinchas, todo eso que yo no comparto y ni siquiera entiendo. Y su Dios, Maradona, que está en todas partes. Aunque tuvimos que cenar en alguna ocasión con pantallas de televisión emitiendo un partido en un buen restaurante de moda, se lo perdono, porque yo siempre respeto la religión de cada país a donde voy.