Muy poco habíamos oído hablar de esta región argentina antes de decidir conocerla. Durante nuestra estancia en la Península Valdés conocimos a unos argentinos que vivían en Tucumán y nos explicaron las enormes diferencias existentes entre esta zona del norte y el resto del país. Tuvimos ocasión de comprobarlo en cuanto llegamos a Salta, una ciudad bastante grande asentada entre montañas, desde donde partimos hacia las Quebradas de Humahuaca y Cafayate, ambas patrimonio de la Humanidad. Un paisaje agreste marcado por el curso de unos ríos estacionales que arrastran todo a su paso y van conformando las quebradas. La vegetación es básicamente de cardones (típicos cactus de las películas del oeste). En el camino visitamos unas bodegas donde pudimos degustar los vinos de la zona, muy famosa por sus cosechas.
Tal como habíamos imaginado, esta zona parecía más peruana o boliviana que argentina por su proximidad a la zona montañosa de los Andes. Las ciudades como Purmamarca o Humahuaca, su arquitectura colonial, sus gentes, el paisaje, la cultura, la artesanía, la pobreza... nada te hacía recordar un país como Argentina. De hecho aquí encontramos bastante turismo interior y escasísimo extranjero, por lo que dedujimos que para ellos suponía un atractivo turístico exótico, como de otro país lejano. En cambio los europeos viajan buscando la otra Argentina, esperando encontrar lo que ofrece el sur, Buenos Aires o Iguazú, allí es donde realmente se concentra el turismo extranjero, según pudimos comprobar. Cuando queremos conocer la historia de los quechuas o los aimara, su entorno y su cultura, dirigimos nuestra mente hacia los Andes peruanos, sin imaginar que aquí también existe un enorme patrimonio de estas características.
Fue curioso conocer los contrastes que ofrece este extenso país, donde las distancias son tan enormes que tuvimos que coger siete vuelos internos durante nuestra estancia allí.

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