Este lugar de La Tierra es uno de esos que te cuesta creer que existen cuando estás tan lejos de ellos. Ahora mismo, aquí sentada ante la pantalla del ordenador, rodeada de edificios y contaminación de todo tipo, tengo que hacer un gran esfuerzo por recordar, por sentir que en este mismo instante avanza lentamente un glaciar, del que, hace un rato, o mañana, se habrá desprendido un buen pedazo de hielo levantando una gran ola en el lago, y que su estruendo romperá el inmenso silencio reinante allí. Sólo unos segundos, limpiamente, porque el silencio lo llena todo, no está contaminado por nada, y se escucha. El profundo silencio te deja oir el constante movimiento del hielo resquebrajándose desgarrador. Su fuerza te asusta y te atrae. Podrías pasar horas mirando el azul intenso que nace dentro de los glaciares, las montañas nevadas que los arropan, o los enormes icebergs que viajan a la deriva por el lago creando figuras preciosas. El viento cortante que te hiela la cara, aunque sea primavera, te ayuda a creer que es real lo que estás viendo, podría parecer un sueño.
Cuando llegas por la noche a Calafate, un buen asado de cordero patagónico acompañado de alguno de los grandes vinos argentinos te ayuda a reponerte del frío y a asimilar todo el espectáculo vivido durante el día. Esta pequeña ciudad sirve de campamento base para todo tipo de expediciones a las montañas, a los glaciares y a otras ciudades como Ushuaia, ya que está bastante aislada y al sur de cualquier otro núcleo urbano, es por lo tanto eminentemente turística y bastante más cara que las otras del país. Se agrupan alrededor de la calle principal multitud de restaurantes, tiendas de material de escalada y ropa de abrigo, peleterías, souvenirs, bancos y hoteles, un precioso centro de internet y locutorio (en la ciudad no funcionan las tarjetas telefónicas del resto del país). Y en las afueras, en tierras absolutamente áridas y despobladas de vegetación, se asientan las estancias, fincas de ganado cuyos límites nunca llegan a divisarse.
En nuestro segundo día de excursión por el Parque Nacional de los Glaciares, pensábamos que después de haber navegado por el lago Argentino entre los témpanos de hielo y haber visto glaciares tan magníficos como el Upsala y el Onelli no nos iba a causar demasiada impresión el Perito Moreno. Pues no fue así, como recomendaban las guías, este glaciar hay que conocerlo aunque no dispongas del tiempo necesario para ver los demás. Es al que más te aproximas por tierra y su grandiosidad resulta abrumadora. Una vez más nos costó despedirnos de esta región y de una ciudad que cogió prestado su nombre de un fruto silvestre, el calafate, buenísimo por cierto en helado. ¡Hay tantos momentos en un viaje en los que desearía no tener fecha de vuelta! ¿No podré conseguir alguna vez que se cumpla este deseo?

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