MARZO

Aterrizamos en el aeropuerto internacional Menara con la puesta de sol. No hay duda, hemos llegado a Marruecos: las voces, el ajetreo de la terminal, los empujones entre los guías y conductores que esperan a las puertas mostrando sus carteles, así nos lo recuerdan. Ha sido un acierto pedir que nos recojan en el aeropuerto al hacer la reserva del alojamiento. Ya ha anochecido cuando nuestro conductor nos deja en manos de uno de los porteadores que esperan con su carro ante una de las puertas de la muralla que rodea la medina. Sin mediar palabra empieza a guiarnos a toda velocidad entre los callejones de la antigua ciudad sorteando obstáculos y gente hasta llegar a nuestro ryad. Tenemos la sensación de no haber podido conseguirlo nunca por nuestro propio pie, parece imposible orientarse en medio de aquel laberinto. Empezamos a preguntarnos cómo saldremos de allí cuando nos quedemos solos. Y lo que es más importante y mucho más difícil: ¿cómo haremos para volver a encontrar la casa por la noche?. Teníamos la esperanza de encontrar a alguien en el ryad que nos echara una mano o nos hiciera un plano de la medina, pero somos los únicos cuatro huéspedes de la casa. Y además, el hombre que nos abre la puerta al llegar no es que no hable francés, inglés o español… ¡es que no habla! Se limita todo el tiempo a estar sentado en el patio sin moverse más que para abrirnos la puerta y apenas responde con un gesto casi inapreciable a nuestros saludos. No nos sirve de ninguna ayuda, pero ha valido la pena llegar hasta aquí, la situación – aunque todavía no sabemos muy bien cual es – nos parece muy buena, la arquitectura y la decoración son típicamente marroquíes y todo está limpio y bastante nuevo. ¡Sabremos encontrar la plaza Djemaa el Fna por nosotros mismos!.

Antes de quince minutos hemos abandonado la tranquilidad y el silencio de los callejones que sólo rompemos con nuestras risas. Y la plaza más famosa de Marrakech nos encuentra a nosotros; nos invade, nos sorprende, nos llena de olores, colores y ruido. Ya no es hora de vendedores y regateos, pero la noche tampoco es tranquila para los turistas, los distintos Arguiñanos y Ferrán Adriá (como ellos se llaman) te ofrecen su puesto para cenar, sin darte tiempo para pensar siquiera si tienes hambre. Y dejamos de resistirnos: después de la primera vuelta, probamos los tentadores pinchos morunos que ponen en las brasas continuamente. Luego, el té a la menta en una de las terrazas con mejor panorámica de toda la plaza. La noche es agradablemente fresca aquí en primavera.

Antes de que se hiciera muy tarde emprendimos la vuelta como el principio de una odisea, con todas las tiendas cerradas, lo que cambiaba radicalmente el aspecto de las casas, sin un plano que seguir y sin gente por las calles para poder preguntar. Además, preguntar qué, nuestro alojamiento no era precisamente el Hilton, hay montones de ryads escondidos en cada rincón de la antigua ciudad que pasan desapercibidos a simple vista. Ibamos los cuatro tan concentrados, caminando rápidamente, que en diez minutos encontramos nuestra casa sin problemas, no podíamos creerlo, pero fue mucho más sencillo de lo que imaginábamos. No tuvimos problema ninguno de los días que duró nuestra estancia allí.

Ha pasado mucho tiempo desde que descubrimos esta ciudad, casi veintidós años en los que España ha sufrido cambios espectaculares en todos los ámbitos. Sorprendentemente, el tiempo en nuestro vecino del sur transcurre a otra velocidad, incluso parece detenido en algunos lugares del interior, como el Valle del Ourika, a los pies de un Atlas nevado e imponente que nos sirve de telón de fondo para la increíble representación de la vida cotidiana que transcurre ante nuestros atónitos ojos. Escogimos el lunes para hacer esta excursión porque era el día de mercado en uno de los pueblos que atravesamos. Ni las mejores películas ambientadas en la época de Jesucristo te trasladan a ese tiempo como esta realidad. Los rostros, las ropas, los saludos, el bullicio, todo pertenecía a otro tiempo, sólo unos cuantos turistas rompíamos el encanto. Después de ver los puestos de verdura fresca, pescado “menos fresco”, barberos cortando el pelo en la calle y cabezas de carneros decapitados en los mercados de carne, nos dirigimos en nuestro 4 x 4 a Setti Fama, el pueblo donde empieza la ruta de las Siete Cascadas. Comimos allí, en uno de los chiringuitos que bordean el río y tras descansar un buen rato, nuestro chofer nos llevó a uno de los pueblos bereberes a través de las pistas que cruzan la montaña. Allí nos “invitaron” a visitar una casa típica, donde su dueño nos preparó el mejor té a la menta que probamos durante el viaje. A pesar de ser conscientes de nuestra condición de “guiris” y de que, por lo tanto, nada es improvisado en este país tan turístico, nos sentimos a gusto en esa casa y nos encantó la visita.

Ultimamos nuestras compras con “calidad de El Corte Inglés y precios de Mercadona” antes de preparar nuestro regreso. Todo allí tiene un precio; incluso el movimiento de un brazo levantando la cámara de fotos les da derecho a pedirte dinero aunque tu intención sea fotografiar un objeto, una casa o un monumento y no una persona. Un precio que hay que pagar cuando visitas un país con tanta y tan larga tradición turística y donde el turista no es un huesped, sino un objetivo. Como siempre, nos quedaremos con lo mejor. Y esta vez hemos disfrutado de unos días llenos de anécdotas, regateo y té con nuestros amigos, con los que prometemos volver cuando hayan terminado las obras de remodelación en "La Mamounia", donde debíamos tomar el té que provocó nuestra escapada a Marrakech.