SEPTIEMBRE

Escenario de “Memorias de una geisha” , lo único que tiene en común Kyoto con la capital del país son las sílabas de su nombre. Barrios como el de Gion o Pontocho te aislan de lo que en realidad es una gran ciudad, pero no una ciudad descomunal, y el río que la atraviesa de norte a sur ofrece maravillosos atardeceres y una enorme sensación de contacto con la naturaleza. Quizá un contacto que sentimos más de cerca por haber recorrido la ciudad casi en su total extensión con las bicis que alquilamos durante los días que estuvimos allí. Fue el mejor modo de llegar hasta los templos más escondidos, o a los mercados y rincones más bucólicos. Hoy cierro los ojos y puedo ver el plano completo de la ciudad, ubicando cada uno de los lugares que visitamos desde nuestro hotel, incluso los que quedaban muy alejados del centro y ya no podíamos encontrarlos en el plano, obligándonos a preguntar un millón de veces. Pero un millón de veces mereció la pena el esfuerzo de llegar, por ejemplo, a Fushimi Inari, un templo con una extensión enorme, envuelto por un bosque que resalta aún más los rojos de sus misteriosos pasadizos construidos con un sinfín de toriis pegados unos a otros. Recorrerlo despacio, sin orden, esperando la luz del atardecer para mejorar nuestras fotos fue como una recompensa. Era fácil en lugares como éste imaginar a los monjes de otro tiempo, más lento, pero no más paciente, porque creo que eso lo lleva en los genes el pueblo japonés.

Otro de los lugares que te trasladan al pasado es la ciudad de Nara. Sus templos y palacios milenarios nos hacían pensar en los emperadores que los habitaron, e imaginábamos a algún shogun apareciendo por cualquiera de sus enormes puertas. La comida de picnic en el parque nos devolvió al presente, aunque un presente muy particular, rodeados de ciervos que no dejaban de vigilar ni un momento por si dejábamos a su alcance algunos de los largos fideos que habíamos comprado en el Seven up.

Otra de las escapadas que hicimos desde la base de Kyoto fue para conocer Osaka, a donde fuimos para pasar una tarde y cenar. Vimos atardecer desde lo alto del “Umeda Sky”, espectacular edificio y espectaculares vistas. El Umeda es un modernísimo rascacielos con un observatorio de 360 grados en su piso 40, en el que se refleja la intensa vida de la ciudad, sus incontables raíles de tren y los numerosos puentes de todo tipo cruzando el enorme río que la atraviesa. Cenamos en el bullicioso barrio de Dotombori, con una frenética vida nocturna parecida a la de algunos barrios de Tokyo, incluso más extrema en sus excentricidades.

Y ¡cómo no! probamos un onsen en Kyoto, según la guía de Lonely Planet, el mejor de la ciudad. ¡Una gozada!, perdí la noción del tiempo allí dentro. Rodeada de mujeres de todas las edades con las que era imposible comunicarse de otro modo que no fuera por gestos, comencé por imitarlas en todo lo que hacían: primero lavarse con jabón en la zona destinada para ello y luego ir pasando de una a otra piscina de aguas termales que se me antojaban a punto de ebullición. Al principio me resultaba insoportable, pero mi cuerpo se fue acostumbrando a cambiar del jacuzzi a la sauna y luego al agua helada del exterior entre paredes de roca. Una de esas experiencias que no hay que perderse.

Y el “Japan Rail Pass”, ese maravilloso aliado que nos ayudó a movernos por todas partes con el tren bala de la forma más sencilla, rápida y cómoda, ha pasado a formar parte de nuestro archivo de recuerdos de viaje.