SEPTIEMBRE

Si el reloj del Narita Expres que hemos cogido en el aeropuerto marca las 19’33, puedo bajar del tren con los ojos cerrados: estoy en Shinjuku.

Shinjuku fue el barrio que nos sirvió de base durante el tiempo que permanecimos en Tokio. Su asombrosamente transitada estación de tren nos recibió a nuestra llegada con puntualidad japonesa (ya nunca volveré a decir “británica”) y el hotel que reservé por internet, situado a dos minutos andando desde la salida sur, resultó ser una elección perfecta en todos los sentidos, es el Sunroute Plaza y lo recomiendo encarecidamente. Aunque a nuestra llegada fuera sólo una teoría, descubrimos que todo lo que nos pudieran haber contado se quedaba corto ante la abrumadora realidad de los japoneses. Todo es perfecto en cuanto a puntualidad, organización, seguridad y limpieza se refiere. Y cuando digo perfecto, quiero decir perfecto. Una de las cosas más llamativas para nosotros fue la exactitud de los horarios de trenes. Teniendo la red ferroviaria más espectacular de todo el planeta, no se permiten un retraso de diez segundos. Cuando en tu billete pone hora de llegada 11’17 es porque no vas a llegar a las 11’18, pero tampoco a las 11’16, no sé cómo lo consiguen. Después de viajar en montones de trenes y de metro durante las dos semanas que estuvimos allí, podemos asegurar que no fue casualidad, NUNCA hubo un contratiempo; aunque no llevábamos nada organizado, todo fluía a la perfección. Aprendimos a esperar en los semáforos hasta que el de peatones se pusiera verde, y no era exactamente cuando se ponía rojo para los coches, sino unos segundos después, justo lo suficiente para prevenir accidentes por despiste. Todos los semáforos emiten diferentes sonidos para indicar cuándo se puede cruzar, pero no sólo los semáforos, también los lavabos públicos en los parques. Y las escaleras mecánicas hablan, así como algunos edificios, que te hacen pensar que eres parte de una película de ficción. Todo está adecuado para las personas ciegas, las calles están marcadas con unos carriles especiales que se reconocen por el distinto relieve que indica dónde debes parar y por donde puedes seguir, los pasamanos de las escaleras en estaciones y otros edificios llevan grabado en braille la información que aparece escrita en los rótulos. En la calle hay zonas de fumador, rincones con grandes ceniceros, papeleras y un grupo de gente alrededor fumando, que no se mueve hasta que ha apagado su cigarrillo. Quizá una ciudad como esta no inspira mucha poesía, pero ofrece datos, muchos datos y anécdotas interesantes, algunos de los cuales pueden apreciarse en las fotos. Pero -¡qué curioso!- no me importaría nada vivir allí. Creo que, contrariamente a lo que podía pensar antes de ir, no me agobió nada esta ciudad, ni me resultó fría e impersonal, a pesar de su “locura cibernética”. En seguida me contagié de las cabezaditas en el tren, o largas siestas, según la duración del trayecto. Los japoneses sólo dejan de dormir en el tren para jugar con el móvil o comer la comida preparada que llevan en sus grandes bolsos. Miento, sólo no, las chicas también aprovechan ese tiempo para maquillarse, no un pequeño retoque, no, quiero decir que empiezan con la crema de base y acaban con las pestañas postizas, como impone allí la moda ahora mismo. Pero eso es algo que también hacen en las cafeterías. Nada ni nadie llama la atención, puedes hacer lo que se te ocurra. Claro que a nadie se le ocurre tirar una colilla al suelo en la calle, por ejemplo, ni tampoco cruzar con el semáforo en rojo, ni subir al tren sin respetar la cola (primero de salida y luego de entrada), ni tocar un ordenador portátil o un teléfono móvil que alguien se ha dejado en la mesa del Mc Donalds mientras va a buscar su hamburguesa al piso de abajo. No sé qué pasaría si se les ocurriera algo así, pero me demostraron que la tolerancia reina en cada uno de sus actos, que incluso son tolerantes con los que incumplen las normas, al menos aparentemente. Nunca vimos alterarse a nadie cuando estaba a punto de perder el tren por culpa de alguien que provocaba una cola a la entrada de una estación para informarse de algún destino (nosotros, por ejemplo). Y es que al final nunca se llega tarde, no hay retrasos, no hay caos circulatorio, las aglomeraciones de gente siempre fluyen, más o menos rápidamente. Y ellos lo saben. Y no se impacientan. Es como si todo estuviera estudiado, comprobado y demostrado. Como si estuvieran de vuelta de todo. Las máquinas expendedoras –y creedme, hay MUCHAS máquinas, pero muchas muchas- funcionan siempre. Por rara que sea la bebida que te apetezca, la tienes a mano en cualquier esquina, y nunca falta de nada, ni deja de devolverte el cambio. Las de tabaco funcionan sólo si antes pasas tu DNI por un lector, dedujimos que para demostrar la mayoría de edad, así han resuelto el problema que plantea la prohibición de la venta a menores ¡¡¡!!! Cuando digo perfectos, quiero decir perfectos. Y en medio de toda esa modernidad, cuyas muestras no acabaría nunca de enumerar (y eso que sólo estuvimos quince dias), siempre hubo alguien dispuesto a acompañarnos hasta el hotel que andábamos buscando, o indicarnos la línea de autobús que necesitábamos, aunque no entendieran ni una palabra de inglés ni nosotros de japonés (porque los japos no hablan inglés), incluso no les importaba perder el tiempo que hiciera falta buscando o telefoneando a la persona más adecuada para ayudarnos. Nos sorprendió Japón, pero sobre todo nos sorprendieron los japoneses. Y, de continuar ahora allí, creo que seguirían sorprendiéndonos, porque, no estoy muy segura, pero creo que no son esas manadas de turistas que vemos por aquí de vacaciones.