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Cuando la Historia toma forma en un objeto, en un edificio o en un paisaje, parece que todo lo que aprendiste en los libros queda relegado a un segundo plano para dejar paso a los testimonios directos. Cuando lo hace en la fisonomía de un hombre o una mujer, en la mirada de un niño, en la música de las voces de cualquiera de ellos, los testimonios adquieren la dimensión de lo vivo. Pero cuando esas voces se expresan, además, con las cadencias familiares de tu propio idioma, adornadas de colores exóticos, aunque paradójicamente cercanos, es la misma Historia, viva, la que te habla al oído, la que se explica a sí misma ante ti.

Son pocas las civilizaciones que rompieron la barrera de los océanos para imprimir su huella, siempre con dolor, en otros continentes. Y son menos aún las que en verdad mezclaron su cultura con las de otros seres humanos hasta amasar una amalgama en la que puedan reconocerse, aún después de transcurridos varios siglos. Cuando eso sucede, se produce un extraño fenómeno, un milagro que consiste en poder comunicarse fluidamente con personas poseedoras de un pasado completamente diferente, hombres y mujeres que son dueños de unas experiencias distintas, ancladas en una naturaleza en la que todo es nuevo. Vivir esa experiencia no es sino un privilegio reservado a muy pocos, un privilegio que para los que hablamos esa lengua que, allí más que en ninguna otra parte, se llama español, se materializa al pisar las tierras de Iberoamérica.

Viajar desde Tiawanaku hasta el Cuzco, y desde allí hasta los riscos del Machupicchu, es más que desplazarse por el espacio y el tiempo. Es pasear por un desierto lunar intemporal para recoger el alma antigua de Castilla y transportarla hasta un nido de cóndores que hablan con el sol y con el agua. En los altos del camino, hombres y mujeres de rostros tostados por el viento te hablan de un pasado cargado de presente, mezclando lo más dulce de tu idioma con los sonidos imposibles de una lengua exótica, la misma que resonaba antaño en los encajes de piedra que hoy sustentan esas iglesias y esos palacios que saben extrañamente a tu tierra. En estos parajes, la Historia te asalta desde cada rostro, desde cada rincón, y te cuenta historias humanas de gloria y de miseria, de la vida y la muerte de hombres y mujeres que en realidad lucharon, como siempre sucede, por sobrevivir.

El alma honda de los Andes es, sin embargo, soledad y silencio. Es la soledad del niño que cuida el rebaño de alpacas en la puna helada del Misti, sin más entorno que pedregal y esparto. Es el silencio del cóndor que vuela sobre los abismos del Colca, saludando al sol que comienza a calentar las viejas terrazas que ya nadie cultiva. Es el aire que me falta mientras contemplo las paredes de hielo del Cotopaxi desde los pastos de alta montaña, sintiendo el frío mientras mis pies pisan el paralelo ecuatorial. Y es, sobretodo, la sensación de calma, de ausencia de deseos, de aceptación total que esa soledad y ese silencio inducen en mi mente, sólo un débil reflejo de lo que leo en la mirada de los pocos seres humanos que la vida ha anclado a esa dura tierra.

Pero el rostro y el alma de las montañas cambian en el Oriente. En las aristas de la cordillera oriental, sobre una raya que casi podría trazarse con tiralíneas, las nubes de algodón te envuelven y el suelo se vuelve mullido bajo tus pies. Continúas viajando hacia donde vistes salir el sol, bajando la pendiente de vueltas y revueltas mientras tu piel respira agua, y tu nariz huele el agua, y tus pulmones se inundan de un aire unido por siempre con el agua. Luego, en un relámpago, el gris se torna verde y el ruido del torrente de montaña te llega nítido. Donde antes era puna y pedregal, ahora es, como por magia, vegetación y vida, las altas puertas de un infierno de verde fuego.

Desciendo el Madre de Dios y las orillas se tornan nidos de plumas y colores, y el aire estalla en gritos y aleteos. Remonto el Manu y el bosque se cierra sobre mí, a veces protector, a veces hostil, siempre pujante y preñado de misterio. Cae la noche mientras chillan las voces de la selva, para luego callar y ceder la oscuridad a otras voces, a la mágica luz de un pequeño insecto que vuela hacia los árboles envuelto en su propia luminiscencia, como una diminuta hada de un mundo nuevo. El sol se ha ido, la luna se oculta más allá del río, las estrellas se esconden tras la vegetación. En la oscuridad, mil voces hablan directamente a mi corazón. Soy un intruso en el Manu, pero estoy hecho de su misma esencia.

¿Cómo será nadar cerca de un delfín de piel rosada? ¿A qué sabe el agua cuando no alcanzas a ver sus orillas? ¿Pueden los peces poblar un bosque? Parece magia, pero lo cierto es que estás nadando y ves tu propia piel de color rojo, y que no ves orillas a tu alrededor, y que el agua sabe dulce, y que un hermoso delfín rosa pesca peces entre los árboles. No sueñas, simplemente nadas en el río Negro, en un mar dulce que fluye hacia otro mar para terminar muriendo, o viviendo para siempre, en el mar. Y en su orilla, mezclada su voz con el grito de los guacamayos y presa en un templo hecho de mármol de Carrara, una mariposa oriental canta la desesperación de su amor en clave de ópera.

En el corazón de la Amazonía, aún cerrada por el abrazo del bosque, una ciudad lucha día a día contra la selva. En sus avenidas, es la misma selva la que pasea con descaro su rostro bronceado, su cuerpo breve y fuerte, sus ojos negros y rasgados. Pero enseguida adviertes que ese rostro lleva los labios pintados, que ese cuerpo viste de vaqueros y “T-shirt”, que esos ojos te miran a través de cristales ahumados, que esa gente de la selva busca su alimento en el mercado de acero y cristal que diseñó un día el ingeniero Eiffel. Antaño los hizo esclavos del caucho, hoy los hace servidores del asfalto. Contra todo pronóstico, Manaus le gana la lucha a la selva.

Es invierno, y el aire se seca al avanzar hacia el sur. Subes unas pequeñas lomas, apenas una cadena de cerros insignificantes ante la memoria de los Andes, y se abren ante tu vista dos de las cuencas fluviales más grandes de la Tierra. Al norte, la inmensa Amazonía; al sur, lo que al sur será el Paraná y, más al sur, el Mar del Plata. Abres los brazos y decides ingenuamente si esa gota de sudor llegará al océano sobre la línea equinoccial o viajará hasta los puertos de Buenos Aires. Eliges, una vez más, el sur, y sigues su andadura hasta alcanzar un mundo líquido sumido en la sequía, una inmensa llanura que fue lago, y que será de nuevo lago tras las primeras lluvias. Desde su atalaya, tejida con ramas secas sobre un árbol en flor, los jabirús te dan la bienvenida al mundo del pantano.

Los bajíos del exhausto Pixaim hierven de pirañas, esos pequeños y exquisitos devoradores que alguien freirá para mi cena esa misma noche. Paseo por sus orillas al atardecer, y las garzas y los martines pescadores me enseñan a apreciar la calidad de la pesca. Unos pasos más allá, mamá yacaré vigila su puesta, tres metros de oscuras escamas descansando al sol sobre la arena. Luego, contra el sol poniente, decenas de espátulas rosas visten un gran árbol desnudo de hojas, como frutos maduros de un granado invernal. Y alguien me enseña, para mi sorpresa, que los majestuosos jaguares, los reyes coronados del lugar, deambulan cerca buscando... ¡caracoles! Cae la noche, y las luciérnagas compiten con el brillo de los ojos de los yacarés bajo el haz de mi linterna. Luz, magia, misterio y belleza en el invierno del Pantanal.

Cuando el agua derramada sobre la llanura, en apariencia estática y perenne, encuentra desnivel, teje cientos de cauces por los que el gran pantano fluye sin cesar hacia el sur. En su anhelo del sur, las heridas serpenteantes van juntando su savia hasta formar la gran vena que encauza esa sangre hacia otro mundo. Durante un tiempo, el joven Paraguai se resiste a ser Paraná y se desliza perezoso por las estribaciones del pantano, disfrutando con los juegos de las nutrias que se asoman curiosas a observar el paso de mi pequeña embarcación. Barruntando la tormenta, una capivara solitaria sale del río para buscar refugio en los cañaverales, lejos del alcance del caimán que, generoso, contempla con atención el objetivo de mi cámara.

Poco sabe la gente del pantano de las punas heladas en las que nacen las aguas que alimentan sus bocas. Poco hay en sus miradas de la calmada resignación que destila el altiplano. Poco tiene que ver su vida con la de los que habitan la que antaño fue la gran urbe del caucho. Se han unido al agua, pero no les perturba su anhelo del sur. Pasado el mediodía, abandono la barca para compartir mesa y mantel con una familia del río. No hay nada alrededor, tan sólo las tablas del pequeño embarcadero que les une al mundo. Sobre la mesa, sopa de piraña, pacú asado, risas y alegría. Apenas quieren saber de donde vengo, sólo les importa que haya llegado allí.

Es invierno otra vez..., pero invierno de Castilla. Mirando al Guadarrama, al manto de nieve que alfombra los pinares, me asalta el recuerdo de la tierra sudamericana, de esa hermosa y dura tierra hecha de punas, volcanes y mares de agua dulce.